El alba de este domingo llegaba ya teñida de fuego, humo y ceniza. Castellón amanece distinta, con el cielo todavía enrojecido sobre la Serra d’Espadà y el olor a quemado instalado en cada calle, en cada casa, en cada recuerdo de quienes durante el sábado y el domingo tuvieron que dejarlo todo atrás. Este incendio ha marcado un antes y un después en la provincia. Lo que empezó como un conato en el barrio del Carbonaire, en la Vall d’Uixó, se ha convertía en pocas horas en la mayor emergencia que ha vivido esta provincia en mucho tiempo.
Dieciocho municipios evacuados o confinados, más de quince mil personas fuera de sus casas, un perímetro de veintiún kilómetros y un unas autoridades obligadas a reconocer públicamente que el fuego está fuera de la capacidad de extinción. No hace falta adornar la noticia: los propios hechos hablan por sí solos.
Quienes llevamos años ya contando lo que pasa en esta provincia tenemos pocas referencias con las que comparar una jornada así. La memoria colectiva de Castellón guarda el susto de octubre de 2000, cuando una grieta se abrió en la base de la presa del embalse de María Cristina y durante horas se temió lo peor para las poblaciones situadas aguas abajo de la Rambla de la Viuda. Aquel episodio dejó una sensación de vulnerabilidad que muchos castellonenses todavía recuerdan. Pero incluso aquel susto, real y serio, no llegó a movilizar a miles de familias fuera de sus hogares durante toda una noche.
Un incendio que ha puesto a prueba a toda una provincia

Lo ocurrido desde el sábado tiene otra escala. No hablamos de un riesgo hipotético, sino de un fuego que ha arrasado parajes de la Serra d’Espadà y ha vaciado, uno tras otro, buena parte de los pueblos del sur de la provincia. La Vilavella, Artana, Eslida, Artesa, Aín, Alfondeguilla, Alcudia de Veo, Tales, Suera, Chóvar, Torralba del Pinar, Villamalur, Ayódar, Fuentes de Ayódar, Azuébar y Almedíjar han sido evacuados por completo, junto a numerosas viviendas aisladas repartidas por la zona afectada. La Vall d’Uixó, Betxí y Onda, por su parte, permanecen confinadas, aunque en los dos primeros municipios el fuego también ha obligado a evacuar barrios enteros, mientras que Onda ha terminado confinada por el propio humo del incendio tras acoger durante horas a cientos de evacuados de otras localidades.
La cifra de quince mil desalojados no es solo un dato: son quince mil historias de personas que han tenido que dejar atrás sus casas, sus animales y, en algunos casos, sus negocios, sin saber muy bien qué encontrarán al volver. Entre ellas, los vecinos del barrio Texas de la Vall d’Uixó, evacuados de madrugada junto a los residentes de una residencia de mayores, en una de las imágenes más duras de toda la jornada.
El corazón de 135 municipios latiendo como uno solo

Pero en medio del humo también se ha visto lo mejor de esta tierra. Familias que han abierto las puertas de su casa a vecinos, familiares o completos desconocidos. Personas que se han acercado con una comida caliente para quien no tenía dónde cocinar. Agricultores, ganaderos y asociaciones de todo tipo que han ofrecido sus fincas para acoger a los animales de otros, sin preguntar de quién eran ni esperar nada a cambio. Pueblos enteros convertidos en refugio para otros pueblos.
La fuerza de Castellón no reside solo en su lucha conjunta, la que hoy simboliza Tombatossals plantando cara al fuego como si de un nuevo gigante enemigo se tratara. Reside también en algo más silencioso y quizá más importante: un corazón de 135 municipios capaz de latir como uno solo cuando la emergencia lo exige. Esa solidaridad, la de la puerta abierta y la mano tendida, es tan castellonense como el propio incendio que hoy nos ha puesto a prueba.
Lo que queda cuando el fuego se apague

Más de trescientos efectivos han trabajado sin descanso, primero con el apoyo de catorce medios aéreos y después, ya de noche, sin ellos, enfrentándose a un incendio que ni el propio president de la Generalitat ha dudado en calificar de inabarcable con los medios disponibles. Ese reconocimiento, poco habitual en boca de un dirigente político, da la medida real de lo que se está viviendo en Castellón.
Cuando las llamas se apaguen, tocará hacer balance: de las hectáreas quemadas, del origen del fuego que investiga el SEPRONA, y también de si esta provincia estaba preparada para un incendio de estas dimensiones. Pero esta madrugada, mientras la Serra d’Espadà sigue ardiendo, lo único que importa es que todo el mundo vuelva a casa sano y salvo. Ese es el verdadero balance de un episodio que Castellón no olvidará fácilmente.










