La dana que ha azotado la Comunitat Valenciana en octubre de 2024 se ha situado entre los episodios de lluvia torrencial más extremos de la serie histórica regional, según el primer Índice Climático Actuarial Español (ICAE), que ha analizado la frecuencia e intensidad de estos fenómenos en España desde 1961.
El documento, elaborado por el Instituto de Actuarios de España (IAE), ha puesto a prueba este nuevo índice con dos eventos recientes de alta relevancia climática: la dana que ha afectado a la Comunitat Valenciana en 2024 y el incendio forestal de la Sierra Oeste de Madrid, ocurrido en el verano de 2026.
En el caso de la dana en la Comunitat Valenciana, el subíndice de precipitación de la zona ha alcanzado una anomalía de 2,48 desviaciones estándar respecto al período de referencia histórico. Este valor sitúa el episodio entre los más extremos de lluvia torrencial registrados en la región. Además, los datos, según el informe, ‘muestran además que este tipo de anomalías se han vuelto notablemente más frecuentes en los últimos 8 años que en los 22 anteriores’.
En cuanto al incendio forestal que ha afectado a la zona Madrid-Ávila en julio de 2026, el subíndice de sequía ha llegado a 4,7 desviaciones estándar, el valor más extremo medido en esa área. El documento lo interpreta como ‘reflejo de un déficit de humedad del suelo excepcional en los meses previos al fuego’, lo que ha favorecido la propagación de las llamas y ha evidenciado la vulnerabilidad del territorio ante episodios prolongados de falta de agua.
Extremos climáticos al alza
Según las conclusiones del ICAE, España ha registrado en 2025 el nivel de extremos climáticos más alto desde 1961. Este repunte confirma una tendencia al alza en la intensidad y frecuencia de fenómenos como olas de calor, lluvias torrenciales, sequías severas, vientos intensos o variaciones significativas del nivel del mar.
El índice no describe el clima medio de cada zona, sino que se centra en sus valores extremos. Para ello, examina la distribución estadística de varias variables y calcula cuánto se desvían los episodios más intensos respecto a un período de referencia comprendido entre 1961 y 1990.
El resultado se expresa en desviaciones estándar (σ) frente a ese período de referencia. Este enfoque permite comparar en una misma escala magnitudes muy distintas, como grados de temperatura o milímetros de precipitación acumulada, y facilita interpretar el grado de excepcionalidad de cada fenómeno.
Seis variables clave en el nuevo índice
El ICAE mide los valores extremos en seis variables concretas: temperaturas máximas, temperaturas mínimas, precipitaciones, sequía, viento y nivel del mar. En el caso de las temperaturas, el análisis se fija en la frecuencia de máximas por encima del percentil 90 y de mínimas por debajo del percentil 10.
Para las precipitaciones, el indicador toma como referencia la lluvia máxima acumulada durante períodos de cinco días consecutivos. De este modo, no solo se mide la cantidad de agua caída, sino también su concentración en episodios breves, como sucede en las danas o en tormentas muy intensas.
La sequía se evalúa mediante la pérdida de humedad del suelo respecto al período de referencia, lo que permite detectar déficits prolongados de agua que afectan a cultivos, bosques y recursos hídricos. En el caso del viento, el índice calcula la frecuencia de episodios intensos en términos de potencia y no únicamente de velocidad, de forma que se capta mejor el potencial de daño sobre infraestructuras y ecosistemas.
Por último, el ICAE incluye la variación del nivel del mar como una de las seis variables estructurales. Este componente resulta especialmente relevante para las zonas costeras, que pueden sufrir más inundaciones, erosión y daños sobre infraestructuras si los episodios extremos coinciden con mareas altas o temporales.
Todos estos datos se estandarizan y se promedian en una única fórmula, siguiendo la metodología del Actuarial Climate Index desarrollado en Estados Unidos y Canadá, pero adaptada al contexto geográfico y climático español. De esta forma, el índice ofrece un indicador sintético que resume el comportamiento de los extremos climáticos en el conjunto del país.
El papel de los datos europeos y la evolución del índice
La información empleada para construir el ICAE procede de Copernicus, el programa de observación de la Tierra de la Unión Europea. Este sistema recopila de forma continua datos climáticos y ambientales, lo que permite analizar con detalle la evolución de las distintas variables y su impacto en el territorio.
El examen del índice muestra ‘una trayectoria clara’. Tras mantenerse próximo a cero e incluso en valores negativos durante buena parte de las décadas de 1970 y 1980, el ICAE ha iniciado ‘un ascenso sostenido’ a partir de 1990. Este incremento se ha acentuado en los últimos diez años y, a cierre de 2025, ha situado la anomalía en torno a 1,3 desviaciones estándar, el nivel más alto de toda la serie desde 1961.
Esta evolución indica que los extremos climáticos ya no son episodios aislados, sino que forman parte de una tendencia prolongada. El aumento de la anomalía media implica que fenómenos como la dana de 2024 en la Comunitat Valenciana o la sequía previa al incendio de 2026 se integran en un patrón de mayor inestabilidad.
Más allá de la meteorología
Los actuarios que han participado en la elaboración del índice sostienen que la utilidad del ICAE ‘va más allá del ámbito meteorológico’. En su opinión, ‘puede servir como sistema de alerta temprana para articular medidas de prevención‘, por ejemplo en materia de protección civil, gestión forestal o diseño de infraestructuras.
El informe subraya también que este indicador puede convertirse en una herramienta útil para la planificación urbanística y la concienciación ciudadana. Los responsables del documento recuerdan que conocer el comportamiento de los extremos climáticos ayuda a dimensionar mejor las redes de drenaje, los planes frente a inundaciones o la ordenación de zonas forestales y agrícolas.
Además, el ICAE puede resultar clave para el sector asegurador, que necesita cuantificar con precisión la exposición a riesgos climáticos extremos. Según los actuarios, este índice permite estimar la brecha de aseguramiento, es decir, la diferencia entre los daños potenciales y las coberturas efectivamente contratadas frente a fenómenos como lluvias torrenciales, sequías prolongadas o temporales marítimos cada vez más intensos.





